Hamán secreto
Hamán secreto
Hay secretos que necesitan ser contados. Lugares que merecen ser compartidos. Experiencias que deben ser transmitidas. Esta es una de ellas. Es solo que realmente no sé cómo compartirla… o, mejor dicho, sí sé, pero eso me pondría en una posición de vulnerabilidad en la que no había tenido el valor de estar. Pero aquí estoy.
Empecemos por el motivo por el cual tuve que exteriorizar esto. Mariana, quien es mi pareja desdee hace 12 años, siempre había sospechado de mí. Hay momentos en los que no estoy en ningún lugar y ella lo nota, sé que lo nota. Trato de excusarme o anteponer situaciones que puedan explicar dichas desapariciones. Sin embargo, esos esfuerzos no iban a poder protegerme toda la vida.
Desapariciones que realmente no eran muy largas. Usualmente tomaba dos o máximo tres horas para ello; a veces tiempo de trabajo, a veces “salía con amigos”; procuraba tener una razón.
Un día llegué a nuestra casa a eso de las 8 de la noche, una hora usual de llegada. Ese día realmente no había desaparecido. Legítimamente tuve que quedarme en la oficina a terminar un par de informes para una presentación que teníamos al día siguiente. Con lo que no contaba era con que a mi llegada, Mariana estuviera en la sala destruida emocionalmente, llorando desconsoladamente. Traté de consolarla, claro, pero ese llanto lo causé yo. Ella no tenía ganas de hablarme o sentirme en ese momento. Lo único que dijo fue que teníamos que hablar, pero que la dejara calmarse primero.
Estaba tenso en ese momento. Minutos que se sentían como horas. Hasta que por fin se calmó mi pobre ángel.
Quiero hacer un inciso en la historia y aclarar que esto es como un diario para mí; la manera en la que me expreso contrasta completamente con lo que soy en persona. Soy introvertido, un poco tosco tal vez, me cuesta mucho expresarme, lo cual es la razón por la que hoy están leyendo esto.
Ya que Mariana se calmó, empezó a contarme lo que le pasaba. Quiero pensar que nuestra relación es abierta en el sentido de que podemos expresarnos con tranquilidad sabiendo que el otro no nos va a juzgar sino que va a tratar de entender. Así que con esa comodidad sentí que expresó lo que sentía.
Me contó que obviamente había notado mis desapariciones. Dijo que más o menos 4 años atrás lo había empezado a notar. Es exactamente cuando empecé con ello. Dijo que al principio no le quería poner mucha atención. Que no quería hacerse películas que no eran y trató de no pensarlo. Pero esa espinita siempre estuvo ahí.
Entiendo que lo preocupante de la situación es el hecho de que yo quisiese esconderle algo. Aunque como mencioné yo soy una persona muy hermética, incluso con el amor de mi vida, no le cuento todo, aunque tal vez debería; al final eso hace que ella no piense lo peor si me desaparezco.
Bueno, lo que detonó la crisis de Mari fue que hace unas noches sí me desaparecí por un largo rato. Llegué tarde. Ella ya dormía. Hoy, me cuenta, encontró un cabello ajeno y muy largo en el traje que tenía puesto esa noche. Lo que inevitablemente llevó a que pensara que había estado con otra mujer.
Ustedes no saben lo que me costó conquistar a Mariana. Y lo que procuro —aunque a veces la rutina me haga olvidar— mantenerla enamorada. Mari es el amor de mi vida y aunque he conocido mujeres muy hermosas a lo largo de estos años, no cambiaría lo que tengo por nada.
¿Entonces cuál era mi explicación? Mari no quiso que le dijera nada en ese momento, me dijo que se quería ir a dormir y que me escucharía al día siguiente.
¿Cómo le voy a decir que realmente no sé expresarme? ¿Cómo le explico que no le tengo la confianza para expresarle mis problemas emocionales?
Hace cuatro años salí de la oficina y un amigo de la universidad me abordó. Me dijo que quería conversar conmigo, así que cruzamos la calle al local de doña Esperanza cerca de la iglesia de Lourdes y pedimos dos cervezas. Empezamos la conversación de manera casual, curioseamos sobre nuestras vidas actuales hasta que la conversación se tornó más profunda. Eso era realmente lo que me había llevado a aceptarle la cerveza, que las conversaciones con él siempre son especiales, profundas, te hacen pensar.
Al llevar más o menos una hora hablando sin parar y compartiendo ideas, me comentó de un lugar al que había sido invitado. Un lugar donde sus penas se convertían en descanso. Donde podía liberarse de la presión del día a día. Me lo contaba de una manera tan devota, como si fuera una religión. Más o menos me explicó la mecánica del lugar y me pareció un poco descabellado. Sin duda un lugar que sería muy frecuentado, pero que jamás se me cruzó por la cabeza necesitar.
Justo en ese momento le entró una llamada y a los pocos minutos volvió a entrar al lugar con mucho afán. Me dijo que después nos hablábamos y no me dejó ni decirle adiós cuando ya se había ido.
Me dejó pensando sobre ese lugar. Una especie de sauna en donde tenías el acompañamiento personal de una mujer —nada sexual—, una chica que te inspira confianza y te alienta a descargar tus emociones.
Uno pensaría que al tener una esposa, y tener tan buena relación como la que tenemos, uno se expresaría hasta ese nivel emocional, pero la verdad es que no. Mari es el amor de mi vida y yo soy su hombre, su apoyo, su respaldo. Tengo que ser fuerte para Mari. Tengo que demostrarle que tengo todo bajo control, aunque realmente no sepa qué estoy haciendo. Ese es el rol que me enseñaron era el correcto, así que ese es el rol que me he impuesto. No obstante, el suprimir mis emociones a tal nivel de llegar a sonreír y escuchar los problemas de mi mujer sin pensar en los míos muchas veces me ha llevado a catársis de emociones en momentos inapropiados. Me ha hecho perder el control y tomar malas decisiones, sobre todo en el trabajo. Jamás he llevado problemas laborales a la casa. Para Mari, mi trabajo es el más estable del mundo, no tiene idea cuántas veces estuvimos a punto de la quiebra, cuántas veces peleé con mi jefe y pensé que me iban a echar, cuántas veces estuve a punto de renunciar por la presión que sentía…, pero creo que lo peor, lo que más me ha pesado a lo largo de los años ha sido la muerte de nuestro hijo el 12 de marzo de 2018. Un embarazo que vivimos con una pasión, con una ternura. Fueron los días más emocionantes. Me acostaba pensando en todas las cosas que tenía que preparar, en lo que habría de comprar, en lo que le quería enseñar… Mateo le íbamos a poner. Era un embarazo de alto riesgo pero nunca esperas que algo malo pueda suceder. Todo transcurrió de manera natural. Adaptamos una habitación, armamos su cuna, compramos muchas cosas para facilitar ese proyecto. Una noche, faltando cerca de dos meses para conocerlo, Mari me despertó con un grito. Estaba sentada en la cama, muy asustada, parecía como una pesadilla, aunque en retrospectiva sí fue una pesadilla la que vivimos esa noche. Así de la nada, como la vida nos otorgó esa ilusión, así nos la arrebató. Yo fui el apoyo de Mari, fui su pañuelo de lágrimas, fui su consuelo en esa tormenta que sentimos por esos meses. Fue una tortura tener que quitar todo, casi que regalar todo lo que con tanto amor habíamos conseguido. De todo me encargué yo, y aunque también sentí quedarme sin alma, tuve que ser fuerte para Mari. Eso se espera de mí, eso se supone que debo ser/hacer. Pero suprimí esa tristeza, no la viví y eso me perseguía día con día.
Lo pensé pero me sacudí, pagué la cuenta y me fui a mi casa. Ese día todo transcurrió normal. Llevé a comer a Mariana, volvimos, hicimos el amor, vimos una serie y nos fuimos a dormir.
Como a las dos semanas me llegó un e-mail. Era Arnold, el amigo con el que me había visto hace poco. Era una invitación muy interesante, muy elegante, se veía prestigiosa. “Has sido invitado al Hamán por Arnold Gutierrez”. Daba información detallada de la ubicación y que tenía que ir ese día a las 7 pm.
Sí fui porque me causaba mucha curiosidad. ¿Un sitio al que solo se puede entrar por invitación interna? A demás el concepto era atractivo, yo honestamente no creí que fuera a funcionar, no creí que pudiera abrirme emocionalmente de esa manera. Si nunca lo pude hacer con Mari, mucho menos con una extraña.
Crucé Monserrate buscando la vía Choachí mientras pensaba en lo que podría pasar. ¿Y si realmente me querían hacer daño? Confiaba mucho en Arnold pero hacía mucho tiempo que no nos veíamos, podría ser mentira. No era lo que yo creía pero seguía siendo una posibilidad. La radio acompañaba mis pensamientos mientras rodeaba los cerros orientales para salir de la ciudad.
Al llegar, unas puertas enormes, custodiadas por león de cada lado, me recibieron. Las puertas se abrieron al siguiente segundo que me parqueé frente a ellas desvelando una mansión preciosa frente a mí, una rotonda con una fuente me invitaba a rodearla para apreciarla y por supuesto para llegar a mi destino. Al llegar un valet me abrió la puerta, me recibió las llaves y me señaló lla obvia e inmensa entrada. Muy bonito, intrigante, pero se veía carísimo. Realmente siento que tengo una comodidad económica que me permite vivir como me gusta, sin embargo, esto se veía mucho más allá de lo que yo podría pagar, eso me estaba poniendo un poco nervioso; porque gratis no iba a ser.
Al entrar, lo primero que apareció frente a mí fue una mujer, una joven de unos 20 años, muy amable que me indicó que debía virar a la izquierda para dejar todas mis pertenencias. Fue raro, sentí como si estuviera en una secta, como si me fueran a iniciar en alguna religión. Las luces tenues del lugar se perdieron cuando entré a este pequeño habitáculo para quitarme la ropa, en cambio una luz blanca incandescente caía sobre mí y me provocaba desvestirme rápido para salir de ahí. Me puse una bata y salí con todo en la mano. La misma chica me la recibió y me señaló otra puerta. Al cruzarla me encontré con una nube de vapor, una habitación grande con muchas personas sentadas en el piso al rededor de una piscina central. Estaban en parejas. Cada pareja estaba muy separada la una de la otra. Hablaban entre sí. A lo lejos pude divisar a Arnold con su pareja, tenía los ojos cerrados y hablaba y hablaba. Más o menos iba entendiendo la dinámica. Mientras analizaba la vaina estuve un par de minutos mirando para todos lados. Justo ahí sentí una mano caliente que se posó en mi hombro derecho, la mujer de la entrada apareció en vestido de baño y me guio hacia otra habitación pequeña, parecía una mini-cafetería. Ella tomó un vaso, le puso unas hierbas y sacó lo que parecía un té de la greca. Me lo dio y me indicó que debía tomarlo todo en menos de dos minutos. No estaba tan caliente así que no tuve ningún problema en bajarlo completo de un sorbo. Tenía un sabor amargo. Salimos de la habitación, rodeamos la piscina y nos sentamos juntos en un lugar apartado.
Empezamos a hablar y a conocernos. Me dijo que se llamaba Juana y que estaba para ayudarme, para apoyarme, para escucharme. Eso lo empezó a repetir muy despacio, y lo hizo muchas veces, perdí la cuenta como por la quinceava vez. Las últimas veces que lo dijo sentí esas palabras penetrando mi corteza cerebral, las sentí dentro de los huesos, lo creí realmente. Empezó a hacerme preguntas y yo las respondía como si estuviera hablando con mi propia madre. Y cada vez que tocábamos un tema me preguntaba ¿Y cómo te hace sentir? ¿Cómo me hace sentir? Creo que nunca me había planteado realmente esa pregunta. Nunca para analizarla.
Ese día conversé como nunca, me relajé tanto, estuve muy contento y llegué feliz a mi casa. Llegué a cerca de la media noche. Mi reina estaba durmiendo y yo traté de acostarme lo más sutil posible para no molestarla. Ahí comenzó todo.
En efecto, no era gratis. Pero la cuota que tenía que pagar era muy baja comparada con lo que me ayudaba realmente. La cuota era baja porque realmente era subsidiado por un millonario que simplemente quería ayudar.
Tuve la posibilidad de invitar a otro amigo. Hasta la fecha aún me lo agradece.
He ido al menos una vez al mes en los últimos cuatro años. Supongo que el cabello que encontró mi Mari es de Juana de cuando recogió mi traje o cuando me lo regresó la última vez.
Ella ya está durmiendo; se pudo calmar. Yo no la voy a molestar. No sé cómo se tomará esto mañana. Me pregunto qué pensará de mí. Espero que, sea lo que sea, no la haga sentir incómoda. La amo.